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El objetivo de la medicina (y por lo tanto, de los médicos) debería ser contribuir a una mejor calidad de vida de sus pacientes en términos generales, partiendo del área conocida como “salud”. Según Wikipedia, la salud “es el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia”.
Una gran cantidad médicos, clínicas y empresarios ambiciosos sin escrúpulos parecen estar olvidando ese objetivo y esa definición.
La última de las veces que reflexioné sobre este asunto fue cuando me asignaron un turno a las 17:12, lo cual me llamó la atención por lo no habitual del horario. Al consultar me dijeron que los turnos duraban 12 minutos. En ese momento recordé que no hace mucho, los turnos se daban cada 30 minutos y, repasando mentalmente, pude advertir que los horarios se habían ido segmentando primero en 20 minutos, luego en 15 minutos y ahora, finalmente, en 12 minutos (es decir, 5 turnos por hora). Sin dudas, 10 minutos es la próxima meta.
Esto no hace más que presionar sobre el médico para, literalmente, despacharnos más rápido. Si bien uno entiende que es bueno para todos no perder tiempo, también es cierto que uno desea ser saludado, ser revisado, ser comprendido y ser bien recomendado. Especialmente, si uno tiene problemas de salud graves.
Entre las consecuencias de esa optimización de tiempos, el médico suele olvidar (en el caso de creamos que en verdad sí le interesa) interiorizarse sobre la situación de contexto, que muchas veces constituyen la verdadera causa de los problemas de salud.
Tomemos el caso de los odontólogos (la deshumanización no se limita a médicos, sino que se extiende también a odontólogos, kinesiólogos, psicólogos, etc.) y del mal conocido como bruxismo (presionar los dientes durante la noche, producto del stress, la angustia u otros desvaríos mentales). Me consta de numerosas fuentes que la solución estándar siempre aplicada consiste en recetar un valioso mordillo de acrílico (una especie de dentadura para morder sin lastimarse durante la noche), es decir la consecuencia, sin atacar en ningún momento la causa, que debería ser mandar al paciente a un clínico, psicólogo o filósofo que trabaje sobre el stress, la angustia o los otros desvaríos mentales, a fin de poder abandonar la solución de corto plazo (el mordillo). Por el contrario, el mordillo debe ser renovado (y pagado) periódicamente para proteger los dientes, claro.
En resumen, podríamos decir que muchas veces, muchos profesionales, eligen enfocarse en la consecuencia más que en las causas, recetando medicinas o soluciones que aplacan las consecuencias sin ahondar (ni resolver) en las causas.
Entiendo perfectamente que el sistema tiende a ser perverso (el caso más extremo se da en Estados Unidos, donde la medicina es un negocio puro y duro) y que no todos los médicos pueden ser Patch Adam, ni todos los pacientes John Q. Entiendo también las duras condiciones que impone el sistema de salud a los médicos, alguna de las cuáles pueden verse en la película Carancho o, simplemente, preguntándole un poco más a nuestro huraño amigo perdido que sigue la carrera de medicina.
Sin embargo, me niego a aceptar que esta situación sólo puede aceptarse. Creo que es responsabilidad de los médicos (que son los que juraron por Dios, la Patria o lo que sea) y también de los pacientes tomar en sus manos este tema y revertirlo. Los médicos, haciendo un ejercicio integral y desinteresado de esa noble rama del conocimiento, aprovechando casos ejemplares realmente cercanos como el de René Favaloro. Los pacientes, exigiendo un trato integral y digno, sin aceptar largas esperas ni malos tratos.
Algunas iniciativas en este sentido ya están en marcha (sé que hay una muy importante, no por casualidad, en Estados Unidos, pero no pude hallarla) como la siguiente http://diferenciate.org/participan/organizaciones
