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Existe una regla no escrita que consiste en “no hablar de política y religión” en espacios sociales (especialmente) donde confluyen personas que no se conocen y, por lo tanto, no tienen un nivel mínimo de confianza para exponer sobre temas tan personales y ríspidos.
Los espacios sociales pueden ser todo tipo de festejos, reuniones laborales, encuentros de conocidos, ambientes compartidos, etc. Inclusive, las recomendaciones de las madres van más allá al proponer no tocar estos temas en ningún ámbito público, como la escuela, la universidad, el transporte o las plazas.
Lo que quiero decir es que estoy en desacuerdo con esta regla. Explicaré por qué.
La justificación de “no hablar de política y religión” en espacios públicos debe buscarse en las posiciones extremas que muchas veces se incuban en torno a estos temas. Las tragedias son producto, muchas veces, de esos fanatismos. Y los fanatismos surgen por tomar posiciones en base a creencias o actos de fe, en lugar de hacerlo en base a razonamientos.
La postura de resguardarse de estos fanatismos es razonable, pero incorrecta. No todo lo razonable es correcto.
No promover el debate de temas espinosos sólo lograr perpetuar las posiciones irracionales, sin fundamento, sólo que las mantiene bajo la superficie. Es decir, somos todos amigos hablando tonterías y comiendo banquetes y, tal vez, al mismo tiempo, somos potenciales enemigos irracionales sin saberlo, sólo por no tener el valor y la convicción de conocernos y acordar posiciones básicas sobre temas fundamentales para la vida y la sociedad.
La mejor manera de que las posiciones políticas y religiosas no sean un riesgo para las personas y las sociedades es ejercitando la conversación comprensiva sobre ellas, promoviendo el intercambio de ideas respetuoso y cultivando el conocimiento generoso del otro.
Aceptar que no podemos hablar de política o religión significa aceptar que somos incapaces de escuchar, aceptar, argumentar, comprender, consensuar y respetar. Seguramente, en la mayoría de los grupos, nadie aceptará ser incapaz de ello a nivel personal, pero todos aceptarán la conveniencia de no entrar en esas discusiones, lo cual es claramente inconsistente.
No es válido aceptar la censura de la conversación sobre política o religión amparados en el posible fanatismo de los demás. Eso nos convierte en cómplices de la perpetuación de ese fanatismo que buscamos evitar, producto de su “barrido bajo la alfombra”.
La persistencia a gran escala de gran cantidad de personas con diferencias insalvables en temas relacionados a política y religión es una bomba de tiempo, que cada tanto explota en guerras políticas o religiosas, que son verdaderos desastres humanos, muchos de los cuales hemos vivido muy de cerca en el siglo pasado, a nivel mundial y nacional.
No quiero exagerar, pero quizás el futuro de la humanidad se juegue en los próximos cumpleaños.
