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Cada tanto, y cada vez más seguido, tengo la sensación de que mis ojos ven una obra de teatro gigantesca. Me siento como un nene descreído queriendo adivinar los trucos de un mago invisible, de un mago que con crueldad maneja los hilos de la vida en Buenos Aires.
Hay días que el mago se equivoca y muestra la hilacha. En esos días veo con claridad cómo la gente quiere engañarme. Puedo captar sin desconcierto a los chanchos del tren pidiendo boletos, con cara de perro, cómo si realmente les importara lo que están haciendo. Puedo ver cómo el mago los tocó con su varita para que nos hagan creer a todos (salvo a mí, que lo descubro) que si no tenemos boleto su furia iracunda caerá sobre nosotros haciéndonos pagar, muy humillados, los $8 de su victoria. Veo oficinistas comprometidos, con la camiseta puesta, buscando diferencias en la cuenta “Gastos varios” cómo si de eso dependiera la continuidad de la raza humana. ¡Puedo verlos!!! Están hipnotizados por el mago atorrante que les hace creer que con esos “desafíos” lograrán el “crecimiento profesional” que los llevará (junto con casa, auto y esposa) a la tan ansiada autorealización.
Pero el mago también me hechiza a mí. Muchas veces me confunde y es en esos momentos de honda reflexión es cuando dudo de su existencia. Porque el mago no es ningún gil, y conoce los placeres del anonimato. Por sus conjuros empiezo a pensar y las conclusiones me abruman; tengo miedo a llegar a la misma premisa que Descartes “pienso, luego existo” (ganándole a su genio maldito que también lo engañaba). No sirve de nada saber de mi existencia si tengo que aceptar el engaño del mago y vivir la vida al pedo.
Sin embargo, si el mago no existe, ¿cómo puede ser que haya tanta gente caminando hacia el matadero sin querer escaparse? Es increíble, pero al parecer el mago sabe engañarnos como a las vacas. No con corrales, agua fresca y mucho pasto, sino con falsas esperanzas, fetiches infinitos y mucho inconformismo.
Todo es muy absurdo, ¿será posible o soy muy fatalista?
Gracias a mi optimismo elijo pensar que soy dueño de mi destino, pero nadie me saca de la cabeza la siguiente duda, ¿quién es el mago?
Quizás ustedes, sabios merofonderos, tengan alguna respuesta a mis interrogantes.
