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La Conspiración de los Ancianos

Abuela: - Abrigate que hace frío afuera.
Yo: - ¿Estás segura? No parece.
Abuela: - Acabo de venir de afuera, haceme caso.

Sin sospechar nada me puse el polar, la campera de invierno, la bufanda y salí a la calle a enfrentar las inclemencias del clima. Sólo hicieron falta dos cuadras de caminata hasta la estación de tren para darme cuenta de que había sido engañado. Si el viaje en tren fue duro, el subte fue un infierno. En la cuarta estación ya estaba en remera con mi polar, mi campera y mi bufanda encima.

Horas después, y luego de constatar durante el regreso a mi hogar que la temperatura se había mantenido en unos agradables 22º (agradables si uno no lleva puesto polar y campera de nieve), recriminé con no poca indignación a mi abuela.
Pude ver en su rostro un atisbo de sonrisa socarrona mientras me decía:

Abuela: - A mí edad a veces la cabeza nos juega bromas.

La excusa de la senilidad incipiente. La misma que misteriosamente no la afecta cuando hace sus crucigramas o recita con exactitud la receta de los brownies. Me fui a dormir prometiéndome no volverle a hacer caso a los pronósticos de mi abuela.

Al día siguiente la nona volvió a indicarme que me abrigase que hacía mucho frío. Obviamente no habría de caer dos veces en la misma trampa, así que salí de mi casa con una remera y buzo apto para noches primaverales. Esta vez la nona sí tenía razón: el frío era polar y mi escasa vestimenta no me protegía demasiado. Masticando bronca me tomé el colectivo, y me senté en el último asiento, donde el calor del motor me daba cierto confort. No pasaron más de diez minutos, y ya dormía yo profundamente, cuando sentí que alguien me tocaba el brazo. Un señor mayor me pedía amablemente si le cedía el asiento. Todavía con mucha somnolencia, se lo cedí por reflejo y me senté en otro asiento libre, cuatro filas más adelante, justo detrás de la puerta. El aire helado que se colaba por los burletes gastados, me hizo recuperar rápidamente la lucidéz. Fue cuando caí en la cuenta que le había cedido el asiento al viejo quedando al menos uno libre, y otros seis reservados para gente de su condición. Me dí vuelta y miré con odio al anciano que estaba vestido como para un viaje a la Antártida. El viejo se reía sin culpa alguna.

Un par de semanas después, me encontraba en un maxiquiosco/PagoFácil intentando pagar las cuentas vencidas. Delante de mí se encontraba una larga cola de morosos. Un anciano estaba parado al costado del mostrador. Pasados unos minutos, vi al viejo salir del local con una agilidad admirable para alguien de su edad. Ahora que lo pienso, también hubiese sido admirable en alguien de la mía. Luego, una conversación entre una señora oriental, y la mujer que atendía el quiosco llamó mi atención.

Señora Oriental: - ¿Dónde estál dueño?
Vendedora: - Yo soy la dueña.
Señora Oriental: - No, otlo dueño.
Vendedora: - Señora, soy la única dueña.
Señora Oriental: - No, otlo dueño. El que cobla en caja.
Vendedora: - Soy la única dueña y el que cobra en caja es el
muchacho aquel.
Señora Oriental: - Viejo, hijo leputa.

La discusión prosiguió y por lo que pude entender, el viejo se había hecho pasar por dueño del local, y le había pedido a la señora oriental el dinero a pagar para “hacer él mismo la cobranza y agilizar la fila”.

El fin de semana siguiente, en una cena con algunos de mis amigos, conté la seguidilla de situaciones antes mencionada, y la catarata de anécdotas no tardó en llegar:

Un amigo que trabajaba de cadete se quejaba de que un anciano había entrado al banco en el último día del mes, y obviando una larga cola, y a paso cansino, se dirigió directamente a la caja a realizar su trámite sin siquiera levantar la vista o pedir disculpas al resto de la fila.

Otro contó que la única diversión de su abuelo era sentarse en el balcón y esperar a alguna víctima para mortificar. Daba como ejemplo la vez que presenció como su abuelo salía casi corriendo de la silla que tenía apostada en el balcón, tomaba el ascensor, descendía los tres pisos y caminaba hasta la plaza de la esquina para regañar a un hombre que paseaba a su perro porque el mismo ladraba demasiado. Dijo también que esa había sido una situación atípica y que la mayoría de las veces sólo se limitaba a insultar desde el balcón.

Algunos rememoraban traumas de la niñez, como la anciana que golpeaba con una escoba a quienes pasaban en bicicleta por su vereda.

Yo narré, casi con lágrimas en mis ojos la vez que, de niño, había dejado mí bicicleta en la base de un árbol y me había subido a las ramas superiores, cuando un anciano pasó y dijo a viva voz:

Anciano: - Que linda bicicleta, me la voy a llevar a mi
casa.

Desesperado por el miedo a perder mí querida bicicleta le dije:

Yo: - Por favor señor, no se lleve mi bicicleta.

Luego de lo cual el anciano prosiguió su camino riéndose con malicia. Analizándolo veinte años después uno se da cuenta que no era otra cosa que un viejo de mierda, para dedicarse a asustar a un niño de siete años por el simple placer de saber que podía hacerlo.

Las historias se sucedieron una tras otra durante más de dos horas. La mayoría de ellas terminaba invariablemente con:

Narrador: - ¡Qué viejo/a de mierda!

Finalmente la discusión se cerró con el clásico diálogo de los Simpsons.

Homero: - Hay que matar a los viejos y sacarles los órganos para
mantener a los jóvenes....
Marge: - ¡Homero! ¡Deja ese folleto que te dio el Sr. Burns!.

Luego de lo cual las carcajadas tardaron varios minutos en acallarse.

Ya acostado en mi cama esa misma noche, varias ideas me daban vuelta en la cabeza: ¿Son los viejos de mierda personas que de jóvenes eran una mierda? ¿O las personas se van volviendo mierda conforme va pasando el tiempo? ¿Están resentidos con el mundo que los excluye? ¿Es su única diversión molestar a toda persona que sea más joven que ellos? Mi abuela no es así. ¿O lo es?
Instintivamente mi mano fue hacia la parte posterior derecha de mi cabeza donde tengo una marcada cicatriz. Muchas veces me han contado la misma historia. Las palabras todavía resuenan en mi mente.

Abuela: - Me voy adentro un rato, no salgas al balcón que te vas a
patinar.

Luego el golpe en la cabeza y la ambulancia. ¿Negligencia o maldad? ¿Qué clase de persona confía en un niño de cinco años con hiperactividad diagnosticada? Es obvio que si le dicen que no salga al balcón porque está resbaloso, lo primero que hará cuando no lo miren es salir al balcón a hacerse el Baryshnikov.

También me estaba cuidando mi abuela cuando metí los dedos en la parte trasera del lavarropas. Supuestamente desconectó rápidamente el lavarropas para que no me electrocutase… demasiado. Quedé sentado en el piso con la nariz sangrando. Y por supuesto, otro viaje a la sala de urgencias.

Y la vez que comí veneno para ratas. Con la abuela a la sala de urgencias para el lavado de estómago.

Separadas suenan a travesuras perpetradas por un niño hiperactivo, pero juntas… el denominador común siempre es la abuela negligente que me cuidaba.

Me dije que la idea era absurda y finalmente me quedé dormido. Sin embargo fue un sueño intranquilo, en mi inconsciente germinaba la idea de que algo no cerraba.

A la mañana siguiente desperté con un pensamiento: “los ancianos esconden algo”. Reí para mis adentros al pensar que mencionaba a “los ancianos” como si todos fueran una gran organización. Pero, ¿y qué tal si lo fuesen? ¿Podría pasar que cuando uno llega a determinada edad se lo reclute para "la organización"? La idea sonaba descabellada, pero muchas cosas podrían explicarse mediante esta teoría.

Una organización, formada íntegramente por ancianos. ¿Con qué propósito?
Mi investigación acababa de comenzar…

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