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En nuestro mercado laboral la mayor probabilidad de ser contratado se obtiene cuando uno es referido por otra persona. En mi caso era incluso más probable dado que había sido referido por un amigo de la niñez de quien iba a ser mi jefe. Fui a una entrevista informal y unos días después fui llamado por una secretaria para comunicarme que había sido seleccionado para ocupar el puesto. El sueldo era bastante bueno, pero la idea de ser vendedor me repugnaba. Así que rechacé la oferta y continué con mi búsqueda.
Armando el currículum vítae.
El currículum vítae no es otra cosa que la exageración de nuestras virtudes y el ocultamiento sistemático de nuestros defectos. Me recomendaron no utilizar la plantilla de diseño que venía con el Office, así que tomé dicha planilla y modifiqué lo suficiente su diseño como para que pareciese que era original. Luego busqué una foto en la que pareciese muy profesional, y al no encontrarla me saqué una. Para una persona que hubiese entrado en mi habitación en ese momento, el que me estuviese sacando fotos en calzones con saco, camisa y corbata pudiese haberle parecido una actitud un tanto depravada, pero fue una cuestión de pragmatismo.
Seguí algunos lineamientos para completar el currículum. Puse información sobre mi nivel educativo, pero dejé de lado cuestiones irrelevantes. A nadie le interesa que uno haya ganado un torneo de fútbol cuando tenía 12 años o que tenía promedio “Muy Bueno” en el primario. La idea es simple: todo tiene que sonar bien. Si uno estuvo en prisión no debería poner “Estuve recluido 14 años por intento de homicidio”. Debería utilizar una frase como “retiro espiritual involuntario”. Suena mucho mejor. Aunque lo mejor sería omitir por completo esa información.
Mi experiencia laboral previa era bastante acotada en términos empresariales. Dado que trabajé mucho tiempo por cuenta propia, no estaría mintiendo si me pusiese un título grandilocuente como cargo en mi propia empresa. Como mi tía me había preguntado hacía un par de días si le convenía comprar una estufa de cuarzo o un caloventor, puse que había trabajado como “asesor técnico para la adquisición de maquinaria para una gran empresa”. No del todo cierto, no del todo falso. Siempre es bueno inventar aptitudes no comprobables, como hablar swahili y ese tipo de cosas.
Para más información ver el capítulo de los Simpsons “Marge consigue trabajo”.
Enfrentando a los entrevistadores
Finalmente me digné a mandar mi currículum a varias empresas, y desafortunadamente fui llamado para concertar una entrevista.
“Lo primero es mantener la calma y dar un aire de seguridad” me habían dicho. Siendo altanero y no estando entusiasmado por terminar mis vacaciones, fue un consejo casi trivial.
“Segundo, mirar a los ojos al entrevistador y no andar mirando el reloj cada cinco minutos, porque das la idea de que te querés ir a la mierda”. Ni siquiera uso reloj, así que no tuve demasiados inconvenientes.
“Tercero, tenés que venderte bien, no la interrumpas y no lo corrijas si se equivoca”. Eso ya me pareció un abuso. Cueste lo que cueste seguiré mi cruzada por corregir a las personas que denostan nuestro bello lenguaje. ¿Es tan difícil reemplazar el “habría” por “hubiese” o “hubiera”? No entiendo porque tanta gente utiliza mal el condicional.
La entrevista marchaba bien. Más allá de lo que digan las malas lenguas, puedo llegar a tener un buen trato con las personas. El problema se suscitó cuando me pidió que continuásemos la entrevista en inglés. Mi inglés no es deplorable, pero la falta de práctica se hizo notar. No pude evitar sonreír cuando me di cuenta que pronunciaba peor que el cazador de cocodrilos. “DAAAAAINGER”. El tener la boca seca no me ayudaba en lo más mínimo. Sin embargo, logré sortear ese escollo manteniendo un poco de dignidad.
Luego de la entrevista con la señorita de recursos humanos, fui referido al responsable del área técnica. En ese momento me dije: “no, se acabó la farsa, huye”, pero triunfó la otra parte de mi ser que decía: “si te vas ahora tenés que hacer tiempo media hora más, y afuera hace frío”. Me hizo veinte preguntas técnicas, de alguna sabía las respuestas de otras las deduje y algunas más las di por perdidas.
La entrevista terminó sin mayores inconvenientes y unos días después fui llamado nuevamente por la señorita de recursos humanos que me comunicó que había sido preseleccionado y me dijo que restaba un examen médico y un psicotécnico.
Mi único problema en el examen médico fue haber ido al baño apenas entré en la clínica. Lo segundo que hice luego de entrar fue recibir un frasquito que se suponía debía llenar con orina. La conclusión es que el examen duro treinta minutos, y luego estuve una hora más bebiendo agua compulsivamente. Por un momento me recordó a los días de resaca de antaño. Al salir me tomé el subte que funcionaba sólo hasta la mitad del recorrido, y para llegar hasta ese lugar tardó una hora y media. Luego tuve que caminar 26 cuadras hasta la estación de tren. Podría haber tomado algún colectivo, pero había sacado pasaje de idea y vuelta en el tren y regalarle mi dinero gratuitamente a esa empresa del demonio me revolvía el estómago.
Por alguna razón muchos amigos y conocidos me insinuaron que mi mayor inconveniente iba a ser pasar el psicotécnico. No faltó quien dijese que iban a descubrir que era de las pocas personas que tenía el gen del mal junto con Hitler y Walt Disney. La realidad es que la psicología no me genera el más mínimo respeto. Peor aún siendo los psicólogos seres tan despreciables. Ser juzgado por alguien de su calaña me repugnaba, pero tuve que hacer uso de mi mejor cara de póquer y realizar las estúpidas tareas que el licenciado me imponía.
Como persona precavida que soy, investigué los exámenes que se realizan en dichas entrevistas, y respondí los cuestionarios acorde a la información que había recavado.
Llegué y el psicólogo era todo lo que esperaba: un idiota.
Psicólogo: - “Todos los que vienen a mi oficina tienen que dibujar, y vos no vas a ser la excepción. Dibujá algo libre, lo que vos quieras”.
El dibujo del psicólogo en el patíbulo hubiese resultado agresivo, así que pensé en algo lindo y tranquilo y dibujé un lago con las montañas de fondo, en un día soleado y un árbol solitario que de antemano sabía que iba a ser asociado con mi persona. Ahí comencé a hacer uso de lo que había leído. El trazo suave, para que no se note que tenemos rabia oculta. El árbol debía tener fuertes raíces (porque estamos aferrados a nuestra tierra). El tronco grueso e imponente, y muchas hojitas, porque está brotando (nuestra idea de tener todo un futuro por delante). Y no olvidemos inclinar el árbol hacia la derecha, porque la derecha es el futuro para nosotros los occidentales.
La respuesta no se hizo esperar. Se veían lágrimas de felicidad en sus ojos.
Psicólogo: - “Me gusta mucho tu dibujo, después te voy a explicar por qué. Ahora dibujá un hombre bajo la lluvia”
“Esta también me la se”. La lluvia es el estrés, no debe ser copiosa. Una suave garúa veraniega. La persona debe estar en el centro de la hoja, caminando hacia la derecha, protegida de la lluvia. Dibujé un hombre con mucha ropa, capucha y botas, que se parecía bastante a una de esas bananas en pijamas. El dibujo nunca fue lo mío. Hacerle pies es importante (porque sino estaríamos atados), y piso, no olvidemos el piso.
Psicólogo: - “Bueno, ahora ponele un nombre y una edad e inventá una historia”
“Si pongo que es la madre Teresa y que sólo quiere ayudar pobres se va a dar cuenta”. Dije que se llamaba Raúl y deseé que el psicólogo fuese alfonsinista, sino estaba al horno.
Mi historia era sobre un tipo que iba a comprar facturas un domingo a la mañana (sí, se despertaba temprano un domingo, igualito a mí). Resalté luego la parte de la suave garúa veraniega. Estaba con impermeable y botas porque le divertía (así es la gente feliz). Las facturas eran para pasar la tarde con sus entrañables amigos que iba a ir a visitarlo esa misma tarde. La historia terminaba con “Sí, este será un gran domingo”. Todo esto es literal. También escribí como Raúl se emocionaba por el olor de los eucaliptos y cuanto disfrutaba caminar bajo la lluvia.
Pensé que me había ido a la mierda y que se iba a dar cuenta de que lo estaba boludeando desde hacía media hora, pero no, dijo que escribía muy bien, y que era una linda historia.
Luego me pidió una cualidad positiva sobre mí, y otra negativa. Por suerte llamaron al tipo por teléfono cuando tenía que darle la negativa, porque no se me ocurría ninguna. Inventé algo en el momento, no recuerdo que. Probablemente “pongo demasiada energía en ayudar a niños indigentes, y a veces no pienso en mi propio bienestar”.
Finalmente me hizo copiar nueve formas en una hoja. Las copié con bastante detalle y le di la hoja.
Fue entonces cuando procedió a explicarme los exámenes. Del árbol y el hombre bajo la lluvia me dijo lo que había explicado antes.
Psicólogo: - “Ves, sos una persona que está preparada y se dirige con muchas ganas hacia el cambio, hacia el futuro, que es este nuevo trabajo. La verdad es que sos detallista y se nota que tenés muy buen trato con la gente, además de ser divertido, con lo cual vas a estar muy bien”.
Quienes me conocen, deben estar en este momento enjugando sus lágrimas y tratando de reprimir la risa. Sí, es increíble, pero las empresas realmente contratan a psicólogos como este. Por si las moscas, también había leído cuales eran las respuestas normales al test de Rorschach (el de las manchas). Gracias a Wikipedia por la información. Lo importante de las manchas es nunca decir que uno ve armas, muertos, calaveras, tanques, ni nada agresivo. De todas formas ese test no me fue tomado. También podrían haberme pedido dibujar una casa, en cuyo caso hubiese tenido piso, ventanas y un sol con una carita feliz obviamente. Le pedí al psicólogo que me pusiese todo por escrito porque nadie me iba a creer lo que me acababa de decir.
Finalmente, dos días después recibí un llamado de la señorita de recursos humanos:
Señorita: - “Dejeme ser la primera en decirle “Abeba Gazini”.
Yo: - “¿Qué?”
Señorita: - “Bienvenida a bordo. Creo que mi Swahili no es tan bueno como el suyo”.
Lo que sucedió después, quedará para otro día.