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¡Yo también quiero jugar!

Fixing our tire

Cada vez estoy más seguro de que las casualidades no existen. Hacía más de un año que no iba a la gomería, pero en esta última semana tuve que ir dos veces: el viernes a buscar el reemplazo de un neumático que me hurtaron y ayer por un clavo que decidió alterar mi rutinario lunes. Fue la segunda vez cuando sentí un poquito de envidia por el trabajo del gomero.

Al llegar a la puerta, me envolvió cálidamente ese olor único a humedad de taller y lubricantes varios. Con extremo cuidado, con mi camisa salmón arremangada para proteger (obsesivamente) la integridad de mi pilcha, saqué la rueda averiada del baúl, encaré al señor y le dije: “Está pinchada”. A esa altura imagino que él ya se había dado cuenta, ¿pero qué se le dice sino a un gomero?
Sin embargo, él no lo pensó demasiado: me saludó amablemente y, sin ningún tipo de cuidados, abrazó al neumático cuál amigo inseparable. Derrochando simpleza, estoy seguro que nunca se preguntó “¿Qué se le dice a alguien que usa camisa salmón?”.

Ahí parado, sintiéndome poco hombre por algún motivo que prefiero no analizar, observé como un nene la paciente dedicación con la que este señor estaba atendiendo mi goma pinchada. Si fuera mi amiguito le hubiera dicho sin dudarlo “Ahora dejáme a mí, ¡yo también quiero jugar!”.

Luego de emparcharla cariñosamente, fue hasta el auto, se sentó abierto de piernas al lado de la goma de auxilio (que ocupaba el lugar de su paciente) y sacó los tornillos uno a uno con la llave de cruz. Hay pocas cosas más relajantes que sacar un tornillo con esa llave. Es un trabajo limpio y siempre exitoso. Primero hacés un poco de fuerza para que afloje, luego le pegás a uno de los lados, casi displicentemente, y el tornillo sale solo. Pude percibir en la cara curtida del gomero esa sonrisa del que está conforme con su creación.

Pero eso no fue todo. Para terminar de refregarme las bondades de su profesión, me preguntó:

- “Pibe, el auxilio va abajo, ¿no?”
- “Sí, sí”, contesté, aún atónito por tanta despreocupación…y felicidad.

“Va a usar una lonita”, pensé. ¡Y no usó lonita nomás! Simplemente se dejó caer al piso al grito de “upa la la”, luego se acostó debajo del baúl con todo su cuerpo y sujetó la goma sin apuro, sin fechas límites ni gerentes desesperados porque la goma esté colocada “como sea”.

El final es metafórico.

-“Son 15 pesos, pibe”.
-“¿Tiene cambio de 50?, pregunté preocupado, porque me imaginaba que los billetes de vuelto deberían estar tan sucios como sus manos, totalmente negros. ¡Hasta pensé en dejarle los 50!
-“Sí, esperame que te traigo”.

De ahí hasta casa no pensé en otra cosa que en lavarme las manos.

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