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Amigos, es hora de detener a las marcas y a sus cómplices que, del otro lado del mostrador, se convierten en entregadores profesionales de espacios de honor, cultura y significados.
El tema no es nuevo. Uno de los primeros casos fue en el fútbol, donde la otrora Copa Libertadores de América, un trofeo cargado de valor en referencia a los héroes de estas tierras, pasó a denominarse Copa Santander Libertadores de América, es decir, un mamarracho.
Para no ser menos y avalados por semejante grosería publicitaria, los torneos locales ya no son Apertura y Clausura, sino Apertura IVECO y Clausura IVECO. No tan grotesco, pero también lamentable.
El último caso que presentaré, de los muchos existentes, es quizás el más aberrante. A partir de la compra (u otro negocio equivalente) del Teatro Ópera por parte del CitiBank, el teatro fue renombrado a Teatro Citi, en un hecho de total vejación para con el patrimonio cultural y teatral de la Avenida Corrientes. Afortunadamente, voces contrarias se han levantado y el caso está en plena disputa.
Creo que es hora de separar la paja del trigo y de ubicar a las marcas dentro de los límites que les corresponden, antes de que Coca Cola se convierta en sponsor oficial de la Nación Argentina y debamos tolerar su logo ubicado en el centro de nuestra querida bandera.
