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Fue Da Vinci quién dijo que “el que no aprecia la vida no la merece”, remarcando la necesidad fundamental de las personas de optimizar nuestro tiempo en este mundo, adorando cada minuto que tenemos para sacarle viruta al piso.
Es por ello que propongo ovacionar y, por qué no, estimular, con gran admiración (y un poco de envidia), a aquellos sujetos invaluables, discípulos inconscientes de Leonardo, que disfrutan con éxtasis de las pequeñas cosas de la vida.
Los “contentos”, poseen la característica de multiplicar sus emociones ante cualquier tipo de estímulo. Estos seres sensibles, a los que Karate Kid hizo llorar y La Historia Sin Fin marcó para siempre, ven cada situación, aunque sea breve, como algo único, hermoso e irrepetible que no deben olvidar jamás. Son los primeros en confirmar una salida, aunque pocas veces la organizan, y lideran con mucho éxito los trencitos de carnaval carioca. Son ellos quienes piden el aplauso para el asador y son excelentes jugadores de truco. De pequeños, son los que siempre pedían crema del cielo en cucurucho, nunca en vaso de plástico. Ante inocentes chistes, los contentos no sonríen, sino que se cagan de risa, encontrando, muchas veces, desconcierto en la mirada de los otros, los “jodidos”.
Estos últimos, son gente que se deleita con placeres especiales, muy diferentes a los populares. Ellos no toman Quilmes ni fuman Marlboro, y rara vez escuchan música pop del momento. Es difícil hacerle un regalo a un jodido. Anhelan con ansiedad otro tipo de humor, “más inteligente”, dirán ellos. Pero la horrible verdad para estos seres desdichados, es que el objetivo del humor, tonto o no, es quitar una sonrisa o, con suerte, alguna carcajada irresponsable.
En contraposición, los bienaventurados contentos saldrán a la calle en busca de aventuras, que luego contarán a los de su raza entre mates y churros rellenos, reirán por horas y, con poco esfuerzo, serán felices.
¡Por favor, che! Un aplauso para los contentos…
