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Hace nueve años se suicidaba René Favaloro.
Ya durante sus estudios uno podía advertir en él a un alma ávida de conocimiento, que escapaba de sus clases para ir a otras clases más avanzadas, en lugar de para irse a tomar sol a Puerto Madero, como el Señor Barón y quien les escribe.
En sus prácticas de residente se quedaba 48 y hasta 72 horas en actividad, para absorber al máximo las posibilidades que le brindaba esta experiencia única. Nuevamente, los dos personajes antes citados difícilmente lleguen a unas pocas horas.
En 1949 tuvo una importante oportunidad laboral, que rechazó de plano ya que una de las condiciones era aceptar explícitamente (mediante una firma) la doctrina peronista de gobierno y afiliarse al partido. En cambio, aceptó un trabajo de médico rural.
En un libro escrito por él (“Recuerdos De Un Médico Rural”) nos cuenta esta experiencia que lo marcó a fuego (en sus iniciativas sociales) por el resto de su vida. Pero Favaloro fue más allá: publicó más de 300 trabajos sobre su especialidad.
En Mayo de 1967, en Estados Unidos, puso en práctica lo que sería el aporte más grande al campo de la medicina: el bypass, que revolucionó el tratamiento de las enfermedades coronarias. En 1970 publicó un libro sobre el tema.
Al año siguiente regresó a la Argentina para crear la Fundación Favaloro, un centro de investigación, educación y atención con alta vocación social de servicio.
Participó de la CONADEP, la comisión encargada de investigar el genocidio perpetrado por la dictadura militar iniciada en 1976.
El tamaño y las responsabilidades de la Fundación crecieron a tal punto que la situación económica de la misma se complicó. La crisis que comenzó en 1999 empeoró las cosas. Favaloro pidió ayuda al gobierno nacional, presidido por De La Rúa. Ante la falta de respuesta (su carta no había sido leída y afirmaba, entre otras cosas, estar cansado de “ser un mendigo en su propio país”) decidió quitarse la vida, quizás en su último y más dramático intento de salvar a la Fundación.
Fue reconocido en todo el mundo con todo tipo de distinciones, pero murió decepcionado de su propio país, aun cuando había dado todo por él.
Si algo nos demostró Favaloro con su ejemplo es que debemos seguir el camino del compromiso, de la acción, de meternos, de poner un poco de bolas por nosotros y por los que nos rodean.
El país que destruyó su vida y puso en jaque su obra es el país construido por la falta de compromiso y de cobardía de sus ciudadanos, que avalan una dirigencia incompetente y corrupta y evitan involucrarse por comodidad, vagancia y cobardía, alegando otro motivos mucho más digeribles para su propio orgullo.
Todos tenemos una hora de la verdad. En ese momento, pensemos en Favaloro.