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Rebeldía y Aplicación

“Llegó el rebelde y se desparramo junto al aplicado. Lo miró con desprecio: el aplicado leía su libro, imperturbable. Mientras se desparramaba aun más, prendió su cigarrillo y soltó una bocanada de humo sobre el aplicado, que no se dio por enterado.
Por fin, lo interrumpió directamente: ¿para qué leés, no ves que es todo mentira?
Visiblemente molesto y sin dirigirle la mirada, el aplicado contestó: justamente, porque es todo mentira es que estoy leyendo.”

En las clases del colegio, siempre se puede identificar a dos grandes grupos: los rebeldes y los aplicados. Ambos están equivocados.

Los rebeldes clásicos, primero, se equivocan porque su rebeldía suele ser insustancial e inútil, está mal canalizada. Los poderes dignos de rebeldía no se sienten particularmente molestos por un comportamiento maleducado o por la violación de reglas inútiles e insignificantes.

Los aplicados, segundo, se equivocan porque su aplicación suele ser insustancial e inútil, está mal canalizada. No se trata de hacer lo que nos dicen, piden u ordenan de la manera más prolija, rápida y correcta posible.

El mundo nos ha hecho creer de que se trata de opuestos irreconciliables.
Nos ocultan que, en verdad, son los componentes de una síntesis perfecta.

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