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Una aventura miserable (Entrega 1 de 3)

Al menos no estoy muerto, pensé. O lo que sería peor, me agregué: cojo. Miré hacia ambos lados, un tanto aturdido y desconcertado.

Tomé el tren en la estación más cercana a mi casa, pues los que vivimos del otro lado de la frontera no tenemos otra alternativa. Mi recorrido habitual terminaba en la estación Terminal, pero ese día bajé en una estación intermedia, que se caracteriza por combinar con la línea de subte. El objetivo, desde allí, era tomar el subte hasta el Centro de las Combinaciones y luego, trasbordo mediante, llegar hasta mi estación final. Desde allí serían sólo siete cuadras de profundo y nostálgico barrio hasta llegar a destino.

Hacía años que no viajaba en subte y ello constituía el busilis de la cuestión. Con la concentración que exige lo nuevo, o lo olvidado, compré mi tarjeta, la introduje en la máquina y pasé. Pensaba en lo irónico de la existencia de la escaleras mecánicas cuesta abajo, mientras me dejaba transportar por ellas. Estaba en esos pensamientos, cuando comenzó la acción.

El subte había llegado, mientras las lentas escaleras no se daban por enteradas; adicto a los desafíos, decidí que llegaría a tiempo a pesar de ellas. Correr el tren siempre fue uno de mis pasatiempos preferidos, aunque reconozco que esto siempre conlleva un riesgo y hasta una irresponsabilidad. No sería diferente con el subte.

Bajé apresuradamente, a los saltos en verdad, por las escaleras. Las puertas comenzaron a cerrarse: no llegaría. Inferí de mi experiencia en los trenes, ya que no la tenía en los subtes, que las puertas se reabrirían si un pasajero quedara atorado en la puerta, por lo que sin dudar entré hasta donde pude y, como lo esperaba y lo deseaba, quedé atorado. Pronto descubrí que mis cálculos y mis inferencias habían sido valiosas y hasta inteligentes, pero equivocadas.

Las puertas no sólo no se reabrieron automáticamente, sino que no lo hicieron ni manual ni violentamente. Con todas mis fuerzas me desatoré el cuerpo, saliendo hacia afuera, quedando sólo la figura femenina de mi zapatilla derecha trabada, a la altura de su cintura, entre las dos implacables puertas. Me sentí culpable al reconocer que mi conducta irresponsable retrasaría a todos los pasajeros del tren, hasta que alguien viniese a abrir estas puertas que sólo entendían de abrir y cerrar cuando debían hacerlo. Una vez más, mis pronósticos fallaron.

Las puertas no se reabrieron y nadie lo hizo por ellas. El subte soltó sus frenos y, esta vez, no sólo vi como flotaba sobre sus rieles, sino que lo sentí en carne propia. Primero, se movió ligeramente hacia atrás y luego, comenzó a hacerlo hacia delante.

No sé bien por qué, pero no me desesperé. Con decidida calma me deshice de mi mochila, para que nada estorbara mi movilidad. Reabrir las puertas fue imposible, toda mi fuerza fue inútil: mi pie estaba atascado a punto de emprender viaje, junto a mi pierna, sin mí. Con todo el empeño que la situación requería y con el tren en movimiento, logré sacar el pie de la zapatilla, la cual ni siquiera se movió de su lugar. Mientras el tren aceleraba, desde el piso y con las dos manos ya, tiré de la zapatilla, hasta que, derrotado, quedé desparramado en el piso, a varios metros de mi mochila, observando como mi zapatilla me abandonaba. La situación trajo a mi memoria a mi última novia.

Al menos no estoy muerto, pensé. O lo que sería peor, me agregué: cojo. Miré hacia ambos lados, un tanto aturdido y desconcertado.

Continuará...
(en los próximos días, la próxima entrega)

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