Vida recurrente

Su mirada me incomodaba demasiado, era como la de un león hambriento con las fauces salivadas antes que la estilizada mirada de un tigre agazapado. Su aura irradiaba un vacío hondo y asfixiante, su cuerpo se contorsionaba con cada respiración.

Miraba con gran desilusión, con una terrible pesadez de huérfano rebelde, ante un hecho triste e ineludible. Con su semblante confesaba fácilmente su desesperación, densa como una miel negra, oscura como el pelaje de un murciélago mustio.

Me señaló y lloré. Su bracito temblaba al levantarse con lento esfuerzo. El también lloró, pero sus lágrimas eran sangre avejentada.

Con sus débiles labios me preguntó: “¿Por qué?”. Pero esta pregunta no debe leerse simplemente, sino que hay que imaginar un tono crujiente y unas palabras largas y dolidas.

“No lo sé”, mi voz fue un susurro. Tome mi nuca con ambas manos y caí vencido. Mis mejillas poseían surcos de desconsuelo que emanaban de mis ojos. Tomé tierra con la palma de mi mano, llevándola hacia delante de mi rostro y apreté el puño con fuerza, dejando que los corpúsculos ásperos cayesen flotando en el viento.

Miré al horizonte, dejando la figura del niño atrás, y me concentré en los colores del celeste cielo. Se veía radiante al igual que seguro se veía hace decenas de años, cuando lo vi por primera vez. ¿Cuándo fue la primera vez que vimos el cielo puro frente a nosotros? Que gran momento, el cuál probablemente nadie pueda recordar.

Ahora yo era viejo, miles de días y noches he vivido sin vivir y ahora estaba frente al peor juez que podía juzgarme. Aquel niño que soñaba con navegar los siete mares con su barco a vela, aquel que soñaba con liberar pueblos y ayudar a los desvalidos, aquel que se imaginaba volando en una alfombra por los impolutos desiertos arábigos. El mismo que iría al fondo del mar en un gran submarino y luego iría a la luna en una temeraria misión para rescatar al mundo de un cruel destino.

Y su acusación era impecable, acusaba a un cobarde impostor que en algún momento lo desplazó y ocupó su lugar para comandar la vida de Fabián hacia otro destino, muy diferente al que tenía pensado para él. Y ese impostor, o sea yo, nos llevó a todos a un mundo de insignificantes miserias contables, donde la perfidia humana asoma con gran esmero y donde innumerables mezquindades reflejan la avaricia de gente paupérrima.

Y reemplazamos el viento y el salitre de los océanos por controles de mercadería y reportes de venta, el sonido del agua golpeando el casco del barco por la voz de un jefe alcohólico. La libertad del libre albedrío por la previsibilidad de un salario regular a fin de mes…

De pronto, el niño comenzó a esfumarse lentamente, nunca le dije la respuesta. También comenzó a esfumarse el cielo y todo lo que me rodeaba, incluyendo el suelo sobre el cuál yo estaba. Miré hacia delante y solo se veía un vacío, inconcebible de describir con nuestro limitado lenguaje. Mis manos, también comenzaron a desaparecer de a poco y supe que muy pronto yo también desaparecería.

Pude, casi al final, darme cuenta de que mi existencia era nula en muchos sentidos, salvo en el sentido del sueño de un niño que acababa de soñar que se encontraba con su versión adulta. Una versión adulta que seguramente reflejaba el camino que la sociedad le estaba preparando con concienzudo esmero a él, que por ahora se dedicaba a jugar con sus barcos y juguetes de niño.

No puedo dejar de notar el asombro de saber que todas mis memorias fueron creadas por la mente de ese niño, en menos de lo que dura una noche, simplemente para que él pueda soñarme y yo pueda mostrarle mi desesperación y angustia de un camino equivocado.

Espero haber mostrado todo mi dolor, que para mí era eterno, para que él pueda evitar dejar de jugar con sus juegos y aventuras, hasta el día en que él también tenga que desaparecer, cuando se convierta en la imagen adulta de otro niño que sueña con él.

2 Comentarios

¡Terrible! Siempre que pienso

¡Terrible!

Siempre que pienso en la vida que tengo que tener, me imagino de vieja. No soportaría ser vieja y estar arrepentida.

Muy bueno. Coincido en

Muy bueno. Coincido en utilizar como forma de ver la propia vida de manera lo más objetiva posible imaginar que soy "viejo, miles de días y noches he vivido sin vivir y ahora estaba frente al peor juez que podía juzgarme".