Una aventura miserable (Entrega 2 de 3)

Supe que nunca más usaría botas ni calzado ajustado, aunque afortunadamente no lo hacía ni tenía planeado hacerlo. También supe que cuando fuera viejo y cascarrabias, muchas desdichadas personas con botas y calzado ajustado escucharían esta historia. Para ser sinceros, cuando fuera viejo y cascarrabias, todos escucharían esta historia.

Me levanté del piso. Como todo ser humano, lo primero que hice fue ver quiénes me estaban mirando. Positivo como siempre, me creí afortunado de que sólo fuese todo el andén de enfrente, dado que el mío se había ido, junto a mi zapatilla, en el subte.
Una vez identificado el público, me sacudí con aire casual, sugiriendo a través de mi lenguaje corporal que nada había pasado y que, en consecuencia, no había nada que ver.

Caminé con mi única zapatilla hasta la mochila y advertí lo ridículo que me veía con una sola zapatilla, por lo que tomé una medida drástica: me saqué la otra y la guardé en la mochila. Ahora me sentía más cómodo y simétrico.

Sin tiempo, aun, para reflexionar, me concentré en mi próximo desafío, un tanto más humilde que salvar mi vida de las garras del subte: recuperar mis zapatillas (en plural, pues una sola zapatilla, la que me quedaba, no sería valiosa más que como posible prueba de mi historia).

Presto, me dirigí a paso firme hasta donde se ubicaba el representante más cercano de la empresa de subtes, también conocido como ‘el de la boletería’. Como un reflejo, ante mi relato, miró mis pies, los cuales respaldaban mis palabras sin fisuras; luego rió y luego se disculpó. Me envió a hablar con otros representantes de la empresa de subtes, los cuales reaccionaron idénticamente, con la única diferencia de que no me enviaron a otro sitio, como hubiese ocurrido en una dependencia pública, si no que desataron un frenético operativo para recuperar mi zapatilla.

Estaba sentado junto a los representantes de la empresa de subtes y apreciaba cómo los llamados iban y venían. Finalmente, la que lideraba el operativo, se acercó, puso una mano en mi hombro y, con vos firme y realizada, me dijo: la encontramos, está en la próxima estación, sana y salva. Invadido por la emoción, apreté mis labios y bajé mi cabeza; luego, la miré directamente a los ojos y le agradecí profundamente.

Caminé descalzo hasta el andén que, hace instantes, me había visto derrotado. Decenas de personas que ignoraban todo lo ocurrido esperaban, como cada día, su subte; miraban hacia el lado por donde éste vendría, como si con ese acto aceleraran su llegada. Por supuesto, percibieron mi peculiaridad, tanto en el andén como cuando entramos en el subte. Con miradas cómplices y sonrisitas pícaras señalaban gestualmente mis pies descalzos. Me limité a simular no darme cuenta de nada. Pobre gente, su vida era muy aburrida.

Durante la espera y el viaje reflexioné sobre algunos aspectos. En primer lugar, mi estupidez e irresponsabilidad. En segundo lugar, lo inexplicable del sistema de cerrado de puertas, que podría arrancarle a una persona su pierna y su vida, sin que nadie lo percibiera. Nunca ganaría un concurso literario organizado por la empresa de subtes con esta historia, me bromeé. De inmediato, me avergoncé de desconfiar de la honorable justicia argentina sin ningún tipo de fundamento. En tercer lugar, pensé en la imperturbabilidad de la gente. Me parecía increíble que la desesperada escena no hubiese generado la solidaridad de los viajantes. Quizás necesitaban más entretenimiento que solidaridad.

Continuará...
(en los próximos días, la próxima entrega)

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