Triste muerte, memorias que se van (narración)
Desde las penumbras de una oscura habitación, siento como muero minuto a minuto. Y cada uno de esos simples minutos, angustia más y más mi corazón, por todas las cosas que pronto desaparecerán para siempre.
Miles de palabras, miles de sonrisas, miles de abrazos y besos de una vida dolida, que hoy solo recuerda el afecto de los seres a quienes supo querer, y que ha olvidado todo aquel camino de mezquinos triunfos personales. Que tonto fui siempre, ciego a los mandatos de mi alma, he enceguecido mi espíritu y he alimentado la voraz apetencia de mi corrupto y pérfido ego.
Y hoy, débil sin poder levantarme una vez más, siquiera para ver el verde de los árboles de mi jardín, y tan solo deduciendo el color del sol por el tenue resplandor que me llega durante el día, estoy destinado a morir como un ser disecado, descascarado y marchito.
En ocasiones, escucho el murmullo de los niños que viven en la casa lindante, sus voces hacen ver que vivir es demasiado fácil a veces, pero hoy he descubierto lo difícil que puede llegar a ser respirar o lograr emitir un débil hilo de voz para pedir agua.
Mis brazos que antes eran orgullosamente fuertes, hoy carecen de la energía suficiente para sujetar un cubierto. Mis huesos se hallan débiles, tan fuertes como si fuesen de arena mojada, apenas endurecida.
Mi voz suena extraña ante mí y no me reconozco en ella, es imposible hallarme en ese débil y agudo sonido, que emite mi seca garganta.
Es cierto que en algunas tardes me permito soñar, y sueño que soy joven de nuevo, y a veces hasta puedo volar por la ciudad, no solo la ciudad actual, sino por aquella que me acompañó de niño. Y veo de lejos a conocidos, vecinos y amigos de mi infancia, que miran hacia arriba y pueden verme y hasta saludarme, con una diamantina sonrisa en sus caras. Mi corazón, por un segundo reboza de júbilo y siente que al final la vida espiritual, más allá de lo físico, existe y que todo fue un mal sueño, pero la felicidad dura demasiado poco, porque inmediatamente despierto y nuevamente siento el gran sopor al que me condena mi débil y viejo cuerpo. Manos frágiles y respiración dificultosa.
Y si bien siempre traté de prepararme para llegar a este momento con hidalguía, mi corazón nunca supo superar las pérdidas de mis amados, mis queridos compañeros de viaje, incluyendo mi preciada rosa de primavera, que partió hacia la tierra prometida antes de tiempo, engañando a mi corazón dolido. Todo ese dolor, solo supo derrotarme sin encontrar resistencias de mi parte, vencido por fuerzas que nunca había imaginado tan poderosas.
Y en mi postrero adiós, tácito como el cantar de mil pájaros mudos, elevo mi alma una vez más, que quiere jugar con el viento y la distancia como hace mucho, con el agua del mar y sus omnipotentes olas, donde barrenaba cuando era pequeño con una sonrisa iluminada, donde estaban mis padres y había almejas en la playa. Donde por las noches, la suave brisa de una ciudad misteriosa y alegre entraba en mis pequeños pulmones, que se llenaban de un aire puro y desafiante. Había casas de arena, zapatillas gigantes con ruedas donde me desplazaba como un bólido imbatible a través de las viejas veredas semienrejadas de mi barrio. Había pelotas de fútbol y guantes de arquero, marca Fulbencito. También existían alfajores de postre, luego de alguna cena y figuritas del mundial de fútbol de turno. Había también olores, olores como el del árbol de la puerta de casa y la cafetería de al lado. También estaban los amigos y los anhelos, los sueños de un chico argentino que soñaba con destinos ideales, de jugadores de fútbol impolutos que jugaban por la gloria y no por el dinero. Porque un chico no piensa, de ninguna manera, en dinero.
Y todo esto simplemente, desaparecerá de mi memoria al morir, agotando un universo de recuerdos con la muerte de mi cuerpo, que ya no puede seguir en este mundo. La nada es lo que me espera, o quizás habrá otros barrios por conocer, otras olas por barrenar, otros penales que atajar y otros brazos que abrazar, en algún lado, en algún tiempo, que me están esperando, ansiosos e impacientes.