Tácticas y estrategias para viajar en tren
Corría el mes de abril del 2003, y el periódico El Despertador se encontraba en auge. Lo peor de la crisis ya había pasado, y la palabra inflación no se escuchaba por ningún lado. En los avisos de ese mismo periódico se publicitaba "barniz exterior c/filtro solar X4 litros" a sólo $32 y "EL TIO BIGOTE" nos ofrecía superpancho completo con vaso de gaseosa por sólo $1.
Entre las páginas de esa edición, salía publicada la segunda nota del ya olvidado Domingo El Caballo.
A continuación transcribo la copia fiel de dicha nota, con todas sus faltas de ortografía y errores de puntuación, tal como salió publicada hace ya tantos años.
Tácticas y estrategias para viajar en tren
Hace un tiempo dimos consejos para que usted pueda viajar más confortablemente en el colectivo. Hoy vamos a hacer lo mismo, pero esta vez para aquellos que utilizan el transporte ferroviario.
Consideraremos el caso de un tren a piacere, en el horario que se halla en un entorno de las siete y media de la mañana, ya que es el que presenta mayor cantidad de problemas, y, consecuentemente, al que se pueden aportar más soluciones. El primer desafío será llegar vivo al andén, ya que el cóctel de penumbra del amanecer y el acecho de los malvivientes en los recovecos de las inmundas, roñosas, nauseabundas, viciadas y puercas estaciones, hacen que el solo hecho de llegar al tren sea una victoria. La herramienta ideal para sobrellevar este escollo sería una .45, o un sable (preferentemente corvo), pero esto acarrearía muchos contratiempos legales, por lo que optaremos por unas zapatillas con buen agarre (complementadas con un buen estado físico), para darnos a la fuga en caso de uno de estos encuentros no deseados. No olvidemos nunca llevar una birome para refrendar el libro de quejas.
Hoy no pondremos en tela de juicio la legalidad (o mejor dicho, legitimidad) del cobro del boleto, ya que no es el aspecto que nos ocupa.
Al llegar a la parte exterior de la estación, la cantidad de pasajeros sobre el andén nos indicará sobre el tiempo que falta para que el ferrocarril arrive. Si no hay nadie, despreocúpese, pero no sin antes preocuparse, ya que cabe la posibilidad (en realidad es altamente probable) de que un piquete, un suicidio, la caída de un puente o el incendio de algún vagón (casos reales con Dios como testigo) hayan dejado fuera de servicio su línea. Si hay mucha gente, si está parada, o la barrera está baja le dará otro uso más a sus buenas zapatillas ya que esto le indicará que el tren está por partir, y en caso de perderlo pasará unos 40 minutos hasta que salga el próximo. El grado de flojera física en la semana quedará evidenciado en si alcanza el preciado vagón o no. Otro buen indicio es ver el tren cruzando delante de nuestras narices, en ese caso, arrojarse debajo del mismo sería una buena opción, ya que en ese caso nunca lograremos llegar a destino.
Cuando el tren llegue y se vaya deteniendo, caminaremos paralelamente al mismo (a la puerta más cercana), delante de la fila de pobres y mansos pasajeros, que en vez de ir en busca de la puerta como nosotros, esperan perezosamente parados, lo que a la larga les costará bastante esfuerzo. No debemos olvidar, por supuesto, situarnos cerca de, en mi caso, alguna señorita atractiva: ya que vamos a viajar apretados, que valga la pena.
En cuanto a los asientos, preferiremos como en el caso del colectivo, el lado de la ventanilla, y en el que más que probable caso de tener que viajar parados, optaremos por el pasillo y no por el espacio ante-puerta, pues inexplicablemente la densidad de personas es más alta en ese lugar.
El viaje será una pérdida de una parte de su corta y miserable vida, a menos que haga algo para evitarlo. Leer un periódico es una buena opción; El Despertador es uno muy bueno. Si eso es demasiado para usted, lea alguna típica novela norteamericana, y analice porque a gran cantidad de personas les gusta esa basura. Y si aún es demasiado esfuerzo, haga algún crucigrama, teja, piense, ríase de las caras extrañas que están allí, pero por favor no vegete. O algo mejor, estudie quien será el próximo que dejará un asiento libre, recuerde estar siempre alerta y estudiar el terreno. Por ejemplo, si viaja en la línea Mitre, acérquese a aquellas personas con pinta de hippies roñosos, que bajarán sin duda en Drago, o en algún otro de esos antros de su preferencia, donde van a hacer nada como es su costumbre. Algunas veces pienso que habría que habilitar un tren blanco para esa gente. En esa estación el tren se descomprimirá bastante. Aléjese de los ejecutivos, que probablemente bajarán en Retiro, o en Carranza con mucha suerte, por lo que nunca le cederán el asiento.
Una vez que baje del tren rece tres padrenuestros y pida no haber quedado embarazada (o peor aún, embarazado). Probablemente se encuentre todo transpirado, y si es verano, posiblemente no entienda nada al despertar en una ambulancia, con médicos que le hablan de su desmayo en el tren.
La vuelta a casa será similar, sólo que harto de su maldito trabajo y rodeado de papel.
A la hora de bajar, si el tren se haya atestado, encontraremos serios problemas para abandonar el transporte, por lo que si no logra llegar a la puerta por la cantidad de pasajeros, no desespere: simplemente abra esas amplias ventanas y bájese por allí.
Cuando baje del tren, aléjese del mismo, pues los malhechores se estirarán cuál saltadores olímpicos, y arrebatarán cualquier cosa que lleve a mano. Si tiene un poco de confianza en sí mismo, agarre bien fuerte esa campera o cartera que lleva bajo el brazo, y resista con ahínco cuando se lo tironeen; si tiene suerte le arrancará el brazo al forajido, quien desde ese momento sólo robará la mitad. Recuérdelo siempre: la felicidad no se encuentra llegando a destino, sino disfrutando el viaje.
Domingo El Caballo
Creo que Domingo debería
Creo que Domingo debería viajar alguna vez en el Sarmiento Once-Moreno de las 18.25hs. Si sobrevive, seguramente reconsidere lo de la .45 (o se haga punga, ambas actividades serán casi equivalentes en cuanto a placer).
Yo le recomiendo el ramal
Yo le recomiendo el ramal Haedo-Temperley. Creo que después de eso, no hay nada. O tal vez, el infierno.