Mi experiencia en las sierras de Tandil
¿Quién no ha oído hablar alguna vez de las bondades de Tandil? La tierra de Juan Martín del Potro cuenta con los mejores embutidos del país, paisajes de ensueño, la gran fuente del embalse, y tantas otras virtudes.
Los recuerdos de mi niñez eran tan escasos como gloriosos, por lo cual decidí pasar algunos días de mis vacaciones allí.
Llegué en auto temprano, como para aprovechar el día, y me dirigí directamente a la oficina de turismo. Un edificio en apariencia recientemente refaccionado se alzaba frente a mí.
Entré y fue ahí cuando conocí a Diana, la más honesta y por ende, la peor agente turística del país.
Yo: - Hola, acabo de llegar de capital, y quisiese saber que alternativas tengo para hacer en este lugar.
Diana: - Hola, mi nombre es Diana, te entrego este mapa con toda la información relevante. Lamentablemente no llegaste en el mejor momento, la temporada turística está terminando y ya no queda mucho.
Yo: - Me dijeron que hay muy buenos embutidos artesanales. ¿Dónde puedo ir a comer una buena picada?
Diana: - Y… la verdad es que hay una sola fábrica grande que distribuye al resto de los negocios. El resto se manda a capital, así que probablemente ya los conozcas. Hay un restaurante en la base del cerro “El Centinela” que se especializa en picadas. Te lo marco en el mapa.
Yo: - ¿Qué más se puede hacer?
Diana: - ¿Sos religioso por casualidad?
Yo: - Para nada.
Diana: - Entonces no creo que te interese el via crucis de “El cerro de la gloria”. Podrías ir al embalse.
Yo: - ¿Se puede nadar?
Diana: - Y… en el embalse proliferan un tipo de algas que son nocivas para la piel. Algunos nadan... con trajes especiales, pero es muy poco recomendable.
Yo: - ¿Algún cerro como para hacer trekking?
Diana: - La mayoría de los cerros se encuentran en propiedad privada. Podés ir al cerro “El Centinela”. Ahí hay un teleférico que te lleva a otro cerro más alto, pero desafortunadamente no funciona.
Desanimado y aquejado por el hambre, decidí no seguir preguntando. Me despedí y partí hacia el restaurante mencionado por la agente turística. La idea de degustar una buena picada hizo rugir a mi estómago. Como no podía ser de otra manera, estaba cerrado.
Tuve entonces que bajar mis expectativas, por lo cual me dirigí hacia el almacén más cercano, compré jamón, queso y pan lactal y me preparé unos sándwiches siguiendo la ancestral receta de la familia. Es como preparar sándwiches comunes, pero al terminar se los mete en una bolsa, preferentemente la que viene con el pan, se la cierra, y se deja un rato en el tablero del auto, al sol. Manjar de reyes.
Comí gustoso a la vera del embalse, acompañado por las algas tóxicas, algunos patos y un perrito callejero con el que compartí mi almuerzo. La fuente del embalse estaba apagada.
Luego de una siesta al sol, me propuse llegar a la cima del tan mentado cerro “El Centinela”. Grande fue mi decepción cuando descubrí que entre “la cima”, y el estacionamiento había unos escasos 20 metros. Allí me encontré con el teleférico que no funcionaba y un local de artesanías, donde compré un sombrero, como para amortizar el tiempo.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que el cerro “El Centinela” es el fraude publicitario más grande desde “La historia sin fin”.
Posteriormente, seguí un camino que me llevó hasta “El camino de los pioneros”. Más allá del pomposo nombre, no es otra cosa que un caminito para transitar en auto que da la vuelta a un cerro de escasa altura. Allí me detuve en uno de los dos lugares dispuestos para estacionar vehículos y me dediqué a admirar el paisaje.
Puede que el haber recorrido la zona de la cordillera me hubiese dado un punto de comparación difícil de igualar, pero la verdad es que el paisaje me pareció bastante monótono: cerros que a duras penas pueden ser llamados así cubiertos de pasto de un color verde lavado que daba al lugar un aire bastante desértico.
Solitario en ese paisaje, se encontraba un imponente árbol, cuya especie desconozco. Recordé en ese momento la voz de mi madre diciendo:
Archimadre: - No te subas al árbol que te podes caer.
Con un retraso de veinte años, me dispuse a llevar a cabo mi travesura. Después de todo, también podría resbalarme en la bañera y morir. Preferible hacerlo realizando una tarea en apariencia inútil y sin sentido.
Trepe rápidamente hasta las ramas superiores (no voy a mentirles, era un árbol fácil), y finalmente, allí arriba, con la certeza del deber cumplido, me dediqué a descansar.
Afortunadamente, la nona no
Afortunadamente, la nona no estaba presente.
Gracias por evitarnos perder
Gracias por evitarnos perder tiempo y dinero en conocer Tandil. Al menos debemos reconocer que hay allí gente honrada.
A mí me gustó Tandil. Sólo
A mí me gustó Tandil. Sólo que fui con expectativas demasiado elevadas.
Es un muy buen lugar para ir a descansar si se está escaso de tiempo y dinero como para ir a visitar la cordillera.
Entre las cosas que hay que hacer en la vida están dormir a la sombra del Aconcagua, contemplar el glaciar Perito Moreno y subirte a un árbol en Tandil.