Maldito Celular IV
La conferencia comenzó.
El reconocido disertante comenzó a hablar de la realidad político-social, ante el silencio respetuoso de la audiencia.
De pronto, al minuto de comenzada la disertación, ocurrió lo predecible: sonó un celular. La persona, lejos de apagarlo, se levantó, molestó a toda la gente de la fila hasta llegar al pasillo y salió corriendo del auditorio, a contestar su llamada. Elegí creer que su madre estaba sufriendo un infarto, lo cual justificaba semejante escena, pero la persona regresó de inmediato y tuvo que molestar a todos de nuevo, pero en sentido inverso. Seguramente, alguien lo había llamado para avisarle que había salido más tarde del trabajo, por culpa de sus “jefes explotadores” o alguna otra historia sin relevancia.
Ocurrido el incidente, cualquier persona sensata que tuviese su celular prendido, lo hubiese apagado, luego de presenciar semejante actuación bochornosa. Sin embargo, la gente que repitió el accionar anterior se multiplicó durante toda la charla, sin contar a los descarados que contestaron su teléfono directamente desde el asiento.
Mi esperanza inicial, producto de ver que tanta gente fuese a escuchar a este personaje reconocido, se fue transformando en profunda decepción, al compás de que mis sospechas de que los asistentes no eran más que cholulos sin nada que hacer a esa hora se confirmaban. Parecía que la gente acudía más a ver que a escuchar y más a acumular tema de conversación que a escuchar, analizar y reflexionar. La señora a mi lado, que asentía a viva voz y miraba a las persona que nos sentábamos a su alrededor, lo confirmaba.
Paralelamente se multiplicaron los chistidos y reproches de las personas que deseaban escuchar en silencio, pero eso no desanimó a los celular-adictos, quienes siguieron recibiendo sus llamadas con obsesiva desesperación, aún a sabiendas de la desaprobación que causaban en el resto de la gente. Patológico.
Repasemos. Luego de comenzada la charla, visualizada la actuación bochornosa, presenciado el malestar de los oyentes genuinos, escuchados los reproches, visto los roces y sentido vergüenza ajena, cualquier persona sensata debía a apagar el celular y, sin embargo, no lo hacían. ¡No lo hacían!
La persona que, luego de ocurrido todo lo descrito, no apaga su celular tiene un grave problema. Un grave problema emocional. Es una persona que por alguna razón psicológica, no puede renunciar a recibir un contacto de otro humano. No es que no quiere: no puede. Sin lugar a dudas, posee una profunda carencia de afecto o de relaciones humanas. Necesita sentir que alguien pensó en ella, aunque más no sea para pedirle un favor o realizarle un reclamo. Es una persona, fundamentalmente, sola. Sola y, posiblemente, infeliz. Esta es la única interpretación posible que nos lleva a compadecernos de esta persona, ya que de otro modo no tendríamos más remedio que levantarnos y golpearla. Es una persona adicta.
Esta es la misma persona que yo mismo he presenciado en otros ámbitos: es la persona que manda mensajes mientras anda en la bicicleta por la avenida, es la persona que tiene dos celulares y contesta mensajes en ambos simultáneamente, es la persona que ingresa con sus celular al natatorio techado y lo deja en el borde de la pileta, mientras nada y, al sonar el teléfono, suspende el entrenamiento, se saca las antiparras y contesta el llamado.
Esta persona necesita nuestra ayuda.
Qué fácil es ser un Donjuan en un mundo lleno de esta gente.