La vida por omisión
La vida por omisión, o destino, es la vida del que vive sin tomar decisiones y acciones consecuentes.
Cuando el ser humano no toma decisiones y acciones consecuentes, el tiempo no se detiene. Por el contrario, todos los que sí toman decisiones y acciones consecuentes, avanzan, le ocupan los espacios vacíos, le alteran su ambiente y su contexto. En definitiva, le condicionan, directa o indirectamente, su vida.
Por razones estadísticas quizás, el mundo trata de manera similar a los que, atornillados en la indecisión se dejan llevar, paradójicamente, por la corriente del destino. Podría decirse que el mundo ha ido desarrollando un proceso de vida por omisión para aquellos que no saben qué hacer. Este proceso no es caprichoso: los que sí saben qué hacer lo han diseñado, aún sin ser concientes de ello.
Finalmente, el mundo no se divide en derecha e izquierda, capitalistas y comunistas, ricos y pobres ni ninguna de estas categorías, meras consecuencias de la real división: los que saben lo que quieren y están dispuestos a conseguirlo y los que no.
El proceso de vida por omisión consiste, en general, en lo siguiente:
1. Nacer.
2. Ir a la escuela primaria.
3. Tomar la comunión.
4. Ir a la escuela secundaria.
5. Comprar un auto, ya sea en cuotas o ahorrando.
6. Ir a la universidad.
7. Conseguir un empleo.
8. Dejar de lado ese arte que tanto nos gusta.
9. Conseguir una pareja poco riesgosa.
10. Casarse.
11. Tener hijos.
12. Trabajar más en el mismo empleo o en uno equivalente.
13. Comprar muchas cosas en cuotas.
14. Hacer los trámites de jubilación.
15. Protestar por la demora de los trámites de jubilación.
16. Ser enviado a un asilo.
17. Morir.
Nadie está exento, por supuesto, de llevar una vida por omisión. Pero siempre es bueno saber el tipo de vida que uno lleva y por qué.
¿Qué otro tipo de vida puede llevarse?
Bueno, la mejor respuesta a esta versión suave de LA pregunta (¿para qué vivimos?), la ha explicado el bueno de Unamuno:
"
Hace ya más de un siglo, en 1804, el más hondo y más intenso de los hijos espirituales del patriarca
Rousseau, el más trágico de los sentidores franceses, sin excluir a Pascal, Sénancour, en la carta XC de las que
constituyen aquella inmensa monodia de su Obermann, escribió las palabras que van como lema a la cabeza
de este capítulo: «El hombre es perecedero. Puede ser, más perezcamos resistiendo, y si es la nada lo que nos
está reservado, no hagamos que sea esto justicia.» Cambiad esta sentencia de su forma negativa en la positiva
diciendo: «Y si es la nada lo que nos está reservado, hagamos que sea una injusticia esto», y tendréis la más
firme base de acción para quien no pueda o no quiera ser un dogmático.
(…)
Hagamos que la nada, si es que nos está reservada, sea una injusticia; peleemos contra el destino, y aun
sin esperanzas de victoria; peleemos contra él quijotescamente.
Y no sólo se pelea contra él anhelando lo irracional, sino obrando de modo que nos hagamos
insustituibles, acuñando en los demás nuestra marca y cifra; obrando sobre nuestros prójimos para
dominarlos, dándonos a ellos, para eternizarnos en lo posible.
Ha de ser nuestro mayor esfuerzo el de hacernos insustituibles, el de hacer una verdad práctica el hecho
teórico -si es que esto de hecho teórico no envuelve una contradicción in adiecto - de que es cada uno de
nosotros único e irreemplazable, de que no pueda llenar otro el hueco que dejamos al morirnos.
Cada hombre es, en efecto, único e insustituible; otro yo no puede darse; cada uno de nosotros -nuestra
alma, no nuestra vida- vale por el Universo todo.
(..)
Y el obrar de modo que sea nuestra aniquilación una injusticia, que nuestros hermanos, hijos y los hijos
de nuestros hermanos y sus hijos, reconozcan que no debimos haber muerto, es algo que está al alcance de
todos.
"