La decadencia de los delincuentes
La decadencia argentina y humana ha llegado a todos los estratos, incluidos los delincuentes. Muy lejos están las épocas donde un ladrón podía ganarse el favor y hasta la admiración popular, siendo el querido Robin Hood el mayor exponente de esta raza de nobles ladrones.
Todos nuestros abuelos recuerdan las épocas en que un ladrón robaba solo a los hombres, dejando fuera de la faena a los ancianos, mujeres y niños. El ladrón tenía la hombría, al menos, de meterse con alguien de su tamaño.
El próximo paso fue la pérdida de la caballerosidad, aunque no del abuso. Las mujeres entraron al grupo de los acechados y los ancianos y niños fueron los únicos y últimos privilegiados.
Finalmente, quizás por la necesidad de nuevos mercados, todos los ciudadanos cayeron en la categoría de potenciales víctimas y hubo más: la brutalidad se apoderó de las calles y abundaron los casos de ancianos salvajemente golpeados y hasta asesinados.
Los códigos se han perdido y los delincuentes no son ajenos a esta decadencia moral que nos acecha a cada vuelta de esquina.
Por eso, para cerrar, les pido a los señores delincuentes que recapaciten, que reflexionen y que consideren la posibilidad de volver a practicar el delito con la caballerosidad, hidalguía y nobleza con que lo ejecutaron sus predecesores. Y que, si quieren ir más lejos, tengan el valor de agregar una cuota de justicia a sus despreciables fechorías.
