Empapelados
En cualquier Facultad de la UBA, cada vez que se aproximan las elecciones nos encontramos empapelados. Afiches, volantes y hasta revistas, a todo color, repartidas/os por conocidos y desconocidos a la entrada llenan nuestras paredes, nuestras manos (y algunos otros órganos del cuerpo). Y en una segunda etapa, nuestros pisos.
Este escrito propone una solución para la publicidad política partidaria en las Facultades, que quizás sea de utilidad en otros ámbitos.
Difícilmente encontremos en la Facultad gente más noble que los financistas de este papelerío. Como conocedor del tema, estimo el costo del mismo en varios miles de pesos. Por supuesto, como nos dicen ellos, los propios partidos aportan los fondos para que esto sea posible. ¡Qué orgullo! Jóvenes (o no) gastando miles de pesos por una causa, por una idea, por el simple hecho de ofrecerse desinteresadamente a administrar nuestros bienes. Nos recuerdan al ya conocido Hombre del siglo XXI, tan bien inmortalizado por el Dr. Alberto Faduca:
“Es sin lugar a dudas la culminación del ideal, la cristalización del fundido de la nobleza, la terminación fina y acabada del modelo acuñado en el seno del triunfo helénico. Es el omega de la serie, la llave del progreso de las naciones. Basta salir a la calle para verlo, inflado, con su pecho en alto, respirando libertad y sabiduría”
Al ser consultados sobre el por qué de todo este despliegue publicitario, digno paradójicamente de grandes marcas capitalistas, todos los dirigentes coinciden en lo inoportuno e indeseable del mismo. Pero argumentan que no tienen alternativa, ya que si ellos renuncian al aparato propagandístico entonces el oponente, que no renuncia, se alzará con la victoria (y destruirá la Facultad {lo que por cierto constituye un indeseable discurso del miedo, tristemente de moda}). No comparten, como yo lo hago, que las acciones del oficialismo y de la oposición son la mejor, o la peor, propaganda posible. Alguien que necesita pegar cientos de carteles para mostrar lo que hizo nos lleva a concluir que sus acciones no son tan notables como para percibirlas espontáneamente.
Es por ello que hoy vengo a aportar una solución al “dilema de la propaganda”, ya que no siempre, partiendo de la verdad, la nobleza viene asociada a la inteligencia.
Me atrevo a proponer esto sólo porque acudo a esta elite noble y culta, respetuosa del oponente (como reiteradamente lo han demostrado en el Consejo), siempre generosa y abierta a soluciones que aporten a nuestra Facultad, y porque se que así como renuncian a los placeres terrenales del dinero propio en pos de un ideal, renunciarán a algo que ellos no quieren hacer (propaganda) para beneficio de la Facultad.
Si bien la solución que acude a la teoría de juegos resulta más óptima, la dejaré de lado, pues existen dirigentes estudiantiles que ni siquiera pertenecen a la Facultad, e inclusive sería difícil probar su dominio del álgebra más elemental.
La solución comprensible a todos se reduce a algo tan simple que estoy seguro de su poca, o nula, originalidad. Sin embargo, es mi deber explicitarla. Comenzaré con el núcleo de la idea (o propuesta concreta), y luego con su explicación.
Ningún partido pega afiches, ni reparte volantes, ni edita diarios o revistas. Usan para expresarse, las carteleras.
Las paredes, y toda la Facultad, quedan más limpias.
Sobran miles de pesos, producto del acuerdo civilizado, los cuales son invertidos, en un gesto de grandeza, en la Facultad, ya sea en computadoras, material de laboratorio o cualquier otro objeto de utilidad.
La Facultad se convierte en un ejemplo para la mezquina sociedad en que vivimos.
Es notable que de esta forma los dirigentes no tienen que renunciar a sus convicciones [de no papelerío], presos de la necesidad [de que el oponente no destruya la Facultad, y el país]. Esto es posible ya que los oponentes no necesitan anularse mutuamente con carteles (lo que conduce a una indeseable e imparable carrera propagandista), pues están anulados desde el comienzo, empatados en cero carteles pegados.
Evitamos la contaminación visual, pues creo que a nadie le agrada ver caras desconocidas y poco femeninas a cada vuelta de escalera, ni hechos y/o propuestas inciertas, de una total subestimación hacia un estudiante universitario. Y también la contaminación concreta, es decir, todos los rincones imaginables llenos de papeles. Adicionalmente, los recursos destinados por la Facultad a limpieza pueden ser utilizados de una forma más productiva.
No cambiaremos la mentalidad del estudiante que no se interesa por la política de la Facultad bombardeándolo con propaganda. Ni tampoco la de aquel a quién sí le interesa, el cual acudirá a la cartelera, o a donde sea, para interiorizarse.
Tantos las carteleras como las charlas en los cursos (y, por qué no, la web) son, en cambio, un recurso noble, limpio y económico. Si bien puede ser sometido a discusión, una cartelera por piso (y no me refiero a todas las paredes de cada piso) sería una buena opción.
El aporte de miles de pesos a la Facultad es el punto clave de la propuesta. No es difícil ver que una computadora es más útil y progresista que diez kilos (o una tonelada, llegado el caso) de papel, que, aunque de color, es inservible. Por supuesto, estamos dando por hecho que todo lo ahorrado en propaganda por los partidos irá a la Facultad, ya que no hay razón para suponer que un hecho más noble merece menos dinero.
Finalmente, todos los partidos de la Facultad demuestran con hechos concretos que no cometen las mismas prácticas políticas espurias que viven criticando.
Creo sinceramente que cualquier refutación a esta propuesta, digna de ser exigencia, sería un insulto a la inteligencia de los estudiantes, por lo que les ruego la analicen bien antes de presentarla (a la refutación).