El día que secuestré a un coya

Luego de un largo retiro espiritual en el noroeste del país, he vuelto. Fueron bellos días recorriendo la idiosincrasia de los pueblos que allí habitan. Posteriormente tuve mi retiro espiritual en las costas bonaerenses, para descansar de mi retiro espiritual en el noroeste, pero esa historia quedará para otro momento.

Acabábamos de visitar con mi hermano el pueblo de Iruya, capital del departamento de Iruya en la provincia de Salta. Increíblemente el acceso a dicho pueblo por un camino medianamente transitable, es cruzando los cerros que separan Salta de Jujuy. Este camino es un sinfín de vueltas que trepan los cerros hasta llegar a los 4000 metros de altura, para luego comenzar otro sinfín de curvas para bajarlo. Encontrábame junto a mi hermano por emprender el ascenso con nuestro vehículo, cuando un joven coya se interpuso peligrosamente en el camino. Se trataba de un muchacho de baja estatura, morocho, cabello negro y de unos doce años (aunque tranquilamente podría haber tenido cuarenta dado que es difícil determinar la edad de los de su estirpe). Inquirí al joven sobre su peligrosa acción y me respondió en su casi incomprensible dialecto que iba “arriba del cerro”. Accedí a llevar al muchacho, en pos de facilitarle su ya complicada existencia. Subió a mi automóvil y reemprendimos la marcha por el camino de ripio que conduce a la ruta nacional número 9. La conversación con el joven fue poco fluida, su extraño acento y su forma de hablar con frases entrecortadas complicaban en gran medida la comunicación.

Luego de media hora de ascenso admirando los bellos paisajes que nos rodeaban, llegamos finalmente a la cima del cerro. Para ese entonces, el pequeño coya llevaba veintinueve minutos durmiendo en el asiento trasero. Lo despertó mi hermano y le avisó que habíamos llegado. Luego de una corta charla llegamos a la conclusión de que el muchacho quería llegar a Iturbe, un pueblo lindero al camino de ripio, casi llegando a la ruta 9.

Continuamos nuestro trayecto mientras el joven proseguía con su profundo sueño. Luego de cruzar algunos ríos y perder el portaequipaje por el camino, finalmente logramos arribar a Iturbe. Nuevamente despertamos al muchacho para avisarle. En vez de bajarse, nos preguntó a dónde íbamos nosotros. Le dijimos que a Humahuaca, a lo que el muchacho respondió que él también iba a ese lugar y nos conminó a acelerar. Le dije que ir a más de 80 km/hora en camino de ripio era peligroso, pero aún así siguió reclamando más velocidad. Nuestras sospechas se acrecentaban, así que empezamos a interrogarlo sobre sus propósitos. De lo poco que pudimos entender, se desprendía que venía de visitar a una tía en Iruya y ahora volvía a la casa de su abuela que estaba en Humahuaca. Dubitativamente, continuamos el viaje.

Camino a Humahuaca, fuimos detenidos por un control policial. La transpiración corría por mi frente. Intentaba enmascarar mi nerviosismo, haciéndolo pasar por desacostumbramiento al calor y a la altura. Ya me veía declarando en una comisaría jujeña sobre la procedencia del pequeño coya que llevábamos como pasajero. Además nuestro baúl estaba lleno de contrabando y ni siquiera teníamos los papeles del auto en orden. Ante las preguntas, le dije al oficial nuestra procedencia, y cuando preguntó por el joven, le dije que venía de Iruya y supuestamente iba para Humahuaca, que lo habíamos levantado en la ruta. Sin más preguntas nos dejó partir.

Ya en los últimos kilómetros que nos separaban de Humahuaca, el coya comenzó a sacar primero sus brazos por la ventana, para luego terminar sacando media cuerpo. Las malas lenguas pensarán que en ese momento aproveché la ocasión y le saqué la otra mitad del cuerpo por la ventana, para deshacerme del problema, pero no fue así. Velando por su bienestar y por evitar tener que limpiar sangre del tapizado y enterrar un cuerpo en el campo, reiteradas veces le dije al niño que no hiciese eso, hasta que finalmente le cerré la ventana.

Llegamos finalmente a Humahuaca. Amablemente le dije al coya: “Humahuaca, bajate”, a lo que él respondió: “voy más abajo”. Luego de transitar veinte cuadras más, estacioné frente a un camping donde tenía planeado encontrarme con un amigo. El siguiente dialogo se desarrolló en ese momento:

Yo (con impaciencia): - Bueno, llegamos.

Coya (En su dialecto casi incomprensible): - Está bien, los espero.

Yo: - No, no me entendés, se acabó el viaje, nos quedamos acá.

Coya: - Los espero.

Yo (Con incredulidad): - Pero, ¿a dónde querés ir?

Coya: - Más abajo.

Mi hermano: - ¿A Buenos Aires?

Coya: - Sí, Buenos Aires, sí.

Mi hermano: - ¿A qué vas a ir a Buenos Aires? ¿A lustrar zapatos?

Coya: - Sí, a Buenos Aires a lustrar zapatos.

Yo (Bueno, bueno, llegó la hora del soborno): - Tomá $2, andá a comprarte unos caramelos mientras cierro mi auto con llave.

Sin más, el pequeño coya se bajó del vehículo, tomó el dinero que yo le extendía y se marcho caminando.

Aliviados, fuimos en busca de mi amigo para luego reemprender la marcha, sin saber en ese entonces, que nosotros mismos íbamos a correr el peligro de ser secuestrados en La Viña. Pero esa historia quedará para otro momento.

Un adelanto:

Yo: - Llueve mucho, vamos a parar a dormir en este pueblo.

Mi hermano: - ¿Te parece? Acá mataron a Drácula.

Yo: - Acá mataron al que mató a Drácula, pero con este clima no se puede seguir.

5 Comentarios

Muy buen artículo, digno de

Muy buen artículo, digno de la inspiración de los viejos tiempos.
Muchas veces, por no cometer la exageración de decir siempre, la realidad es la mejor fuente de inspiración para la literatura.

¿Intercambiaron datos para encontrarse en Buenos Aires?

Aguardamos las próximas aventuras.

La historia es 90% verídica.

La historia es 90% verídica. El muchacho tenía iniciativa, y era convincente en sus mentiras. Probablemente vaya a estar gobernando Salta en algunos años.

El título debería haber sido

El título debería haber sido "El día que un frágil coya de 12 años me secuestró y me usó de chofer, ay ay coya malo malo, ya baja de mi auto!"

Con lo que cuesta conseguir órganos frescos en estos días che...

Me gustó el tag de la

Me gustó el tag de la historia: "tags: coya, secuestro, viaje".

Excelente la nueva foto. Y

Excelente la nueva foto.

Y pensar que el coyita quería venir para acá...