El corredor
Miércoles 6 de Julio, 23.15 horas. El frío de la noche ha dejado una especie de escarcha en los charcos que habían quedado de la lluvia vespertina. Los brillos de las luces callejeras, adquieren una especie de fulgor tenue y pacífico cuando la temperatura es 1°C, aunque no se si es por el frío mismo o por la soledad citadina en tales condiciones climáticas.
Los perros duermen. En las casas, la mayoría de las personas se hallan acostadas con varias frazadas y una estufa, muchos mirando shows y bailes, unos pocos leyendo y otros pocos en otras actividades humanas. Algunos tienen la suerte de poseer una estufa, el resto no.
Los vagabundos se hallan acurrucados contra sus pertenencias, acostados en algún rincón de la ciudad, con sus diarios y una humilde hoguera que trata de recomponerlos del látigo del frío.
Pese a todo, hoy fue un día largo, y el corredor se encuentra agachado, terminando de abrochar sus cordones para salir a correr.
Abre su puerta y siente ese golpe helado, cruel y repentino, que lo hace dudar y preguntarse una vez más si vale la pena hacer lo que está por hacer. Piensa, mira atrás hacia el calor de su hogar, hacia los acolchados de su cama y también hacia el vapor saliendo de una pava a punto de hervir. Sin embargo, la puerta se cierra y sus pasos, con gran eco en el silencio, ya se hallan retumbando en la calle.
La mirada fija al frente, su mente va y viene pero él trata de enfocarla en un solo y único punto. Los labios se hacen fríos muy pronto y su respiración sale como el vapor de las fumarolas de un volcán.
Van pasando los cordones de las calles que cruza, y también pasan los metros que se van convirtiendo en manzanas, y las manzanas que se van convirtiendo en decenas de kilómetros con el correr de los minutos y las horas.
Una vez que el corredor encuentra su punto de comodidad al correr, se esfuerza en pasarlo. En este momento puntual de su vida, no acepta comodidades.
Corre, en su soledad, su espíritu envuelve su cuerpo.
Ya ha llegado a su pista de entrenamiento, no todos pueden correr en buenas horas, en pistas profesionales. Su pista es el boulevard de una plaza, que tiene medida en su mente y en su cuerpo.
La mente ya reposa calma en un solo punto y las piernas, comienzan a recuperar la temperatura perdida. Mira el reloj y arremete con fuerza hacia el aire, venciendo la inercia y el rozamiento del suelo.
Vueltas precisas, cronometradas a la centésima de segundo, le permiten surcar los vientos a toda velocidad midiendo las distancias y los tiempos en cada vuelta que da.
Solo él, sabe cuál es su objetivo y la razón de su esfuerzo, secreta, oculta en las
profundidades de su alma.
Nunca será mejor que los mejores, nunca será el peor, pero siempre será una fiera desmedida que vence permanentemente sus limitaciones físicas, aplastando la muchedumbre de sensaciones de cansancio y dolor, solo con su fortaleza mental.
Pues el correr, es un ejercicio de mente. Todos los hombres y mujeres sentimos el mismo cansancio cuando comenzamos a correr, solo que algunos, disfrutan el poder de ignorar ese dolor, a través de su pensamiento y su espíritu, usando como medio a su cuerpo.
Con perseverancia uno a uno se alcanzan los desafíos, hay quienes corren algunos kilómetros por día, y hay quienes corren por cientos de kilómetros en carreras donde solo se premia el esfuerzo y no el tiempo de llegada.
Mirando hacia el horizonte, la distancia se presiente ardua, pero es placentero el saber que se puede recorrerla y que cuando se llegue, la mirada alcanzará nuevamente el límite entre el cielo y la tierra, a sabiendas de que hasta allí también se avanzará, solo con el empuje de las piernas.
En los mitos, los héroes y dioses lograban epopeyas solo con su deseo, en la realidad, los hombres las logran con su voluntad, tal es el caso de miles de personas que desafiaron una y otra vez los límites humanos.
Todavía hace frío. Los pasos se escuchan como si fuesen de gigante en el medio de las calles vacías. Algún vecino amodorrado asoma por la ventana, tratando de dilucidar la causa de ese traqueteo que cada tanto pasa por su casa.
El corredor ya está volviendo, lleva consigo sus últimas fuerzas del día. Algunos automovilistas deciden pasar a toda velocidad cerca del atleta, que sigue su marcha en franco andar.
Los automovilistas acostumbran a demostrar su hombría, pasando a toda velocidad cerca de ciclistas, corredores, peatones y a todo lo que puedan demostrarle que ellos son quienes mandan.
Son las 00.30hs de un Jueves 7 de Julio. El corredor ha llegado hasta su puerta nuevamente, allí lo espera un mundo renovado. Semejante al anterior, pero de ninguna manera igual. El calor de la casa, de alguna forma, es diferente; el tacto con el agua caliente, no transmite las mismas sensaciones que hubiese generado horas antes de su partida. El té caliente, posee un sabor especial en estos momentos. El beso de la persona amada no es igual tampoco y la abrigada cama en la que reposará, ahora adquiere un carácter especial.
Todavía siguen los programas en la tele en las casas vecinas, en ellas, sus habitantes ya se hallan consumidos mortalmente por la herida de Hypnos y apagarán sus televisores en cualquier momento. Algunos, también estarán consumidos por otras razones, tales como la comida o la bebida.
Y el corredor, pronto se hallará soñando nuevamente, con un universo de distancias y de horizontes. De paisajes y calles eternas que lo esperan para que él recorra a fuerza de zancadas. En mundos donde la libertad del movimiento incita a la libertad de espíritu, y donde las almas se purifican, como si de una expiación se tratase, con el límpido esfuerzo del respirar y del avanzar, solo con la propia carne.
Y soñará hasta que un día, se de cuenta que mientras corre, no sabe cuál es la parte soñada y cuál es la parte real, de su alternado mundo de calles y kilómetros, distantes y lejanos.
Mosquera diría que si uno
Mosquera diría que si uno logra vencer el rozamiento del suelo, se va de boca contra el piso.
Estimado Barón, realmente ha
Estimado Barón, realmente ha sido un comentario constructivo.
Le confieso que también desconfío de este párrafo:
"En los mitos, los héroes y dioses lograban epopeyas solo con su deseo, en la realidad, los hombres las logran con su voluntad, tal es el caso de miles de personas que desafiaron una y otra vez los límites humanos."