El último viaje
Desde el lejano y bravío mar, aislado en la soledad de la inmensidad, navegué por eternos días hacia el norte buscando el frío y el hielo eterno. Mi vieja embarcación, conformada por maderas gastadas y quejumbrosas, ya poseía miles de noches navegando en aguas turbulentas para entonces, al igual que mi espíritu. Muchos años fueron los que navegamos juntos en la inmensidad azul y negra de días y noches sin final, por los cuatro rumbos cardinales.
Los vientos salitrosos y el ardor del sol mediterráneo, habían enblanquecido mi pelo y endurecido mi alma, que solo pensaba en recorrer leguas y leguas hacia destinos lejanos. Pero todo eso ha quedado atrás, luego de partir hacia mi último viaje en busca de una última esperanza.
Mi ser estaba muriendo, tanto luchar nunca había tenido un propósito. Un alma sin un sentido no es más que una hoja seca en el jardín florido de un universo sin dios. Sin embargo, tenía la sensación de que había encontrado algo en medio de la indiferencia existencial de un largo devenir de días iguales, carentes de todo y ausentes en la nada.
Mas nunca ni aún ahora, he sido capaz de entender lo que significan nuestras vidas, tan efímeras como una brisa, pero susceptibles de ser tan profundas como el abismo más pronunciado del mismo infierno.
¿Y por qué he decidido entregarme a la creencia de algo, de un único algo que pueda brindarme la redención, de todos los actos vacuos y condenables que he cometido? No lo sé, pero es probable que sea porque me he cansado y rendido ante todo, y por ello haya decidido creer en eso desenfrenadamente, como forma de subsistir sin negarme a mí mismo.
Y fue así que partí en este viaje sin regreso, con mi barco inanimado, para abrazar las aguas del Mar del Norte, rumbo a los hielos solitarios y helados de un continente desierto.
Las tormentas se sucedieron unas tras otras, casi desde que salí de puerto la furia de decenas de vendavales cayeron desde el cielo, mas ni uno solo pudo destruirnos ni a mí, ni a mi barco. A veces, mérito nuestro, a veces, mera suerte del destino.
Los vientos azotaban las velas con persistencia demoníaca, el agua nos rodeaba por debajo del horizonte y por arriba de él, tanta era el agua que se abatía desde las altas nubes. No dormí por varios días, me mantuve firme como una estatua impertérrita sujetando el timón en la tempestad augusta.
Las olas inmensas e infinitas, se batían de a millares frente a nosotros, en una danza sin final de ondulante devastación y locura. La madera crujía más y más, los hierros rechinaban ante su fuerza.
Pero yo, en el fondo sentía una paz misteriosa que se refugiaba por debajo de las líneas de tareas y padecimientos físicos, que mantenía mi tesón en alto frente a las condiciones desmoralizantes de una tormenta de mil días.
Y uno a uno se presentaron ante mí los dioses de la desesperanza, y uno a uno se presentaron ante mí los recuerdos de mi vida.
Días y días sin cesar, sin la posibilidad de diferenciarlos entre sí, se hacen uno solo repetido infinitamente. Y por más que en mis viajes hubiese recorrido profundas distancias hacia tierras dispares y lejanas, y por más que nunca había dos travesías iguales, todo siempre era igual. Todas las tareas eran las mismas, al igual que las conversaciones, los marineros, las comidas, las sonrisas, el viento y los peligros. Yo, siempre era el mismo, desde el temprano amanecer hasta la tardía noche al sumergirme en mis lecturas a la luz de una tenue vela.
Pero en este viaje comencé a sentir que había algo diferente, algo que hacía fundir mi sangre congelada. Quizás el grave peligro de la muerte, quizás el marchar hacia lo incierto e impredecible de un mundo salvaje e incivilizado.
Y así continúe navegando, con el corazón desgarrado por la desesperanza de una vida probablemente desperdiciada, a la que creía perdida para siempre, y con la presunta sensación de poder corregir mis últimos pasos en este planeta, con una arremetida feroz al final de todo.
Con el correr del tiempo, pocas eran ya la aves que cada tanto veía, a medida que uno navega hacia el Norte se aísla más y más de todo ser vivo. Más y más se acerca a un espacio de soledad y de misterios, donde el frío pasa a ser algo purificante. Solo algunos pocos seres extraños en el mar, acompañaban cada tanto el camino de mi nave.
Y pronto la comida comenzó a escasear, mas con los días el hambre desapareció de mis sensaciones primeras, para ser algo sin ningún tipo de importancia. Y cuando comencé a avanzar por entre aquellos bloques de hielo, que a mi lado veía pasar a pocos metros y que cada vez eran más grandes y frecuentes, creo que dejé de lado todo tipo de sensación orgánica para siempre.
Era yo solo, en mi pequeña embarcación, navegando en aguas calmas, densas y oscuras, rodeado por fragmentos de hielo puro, que nunca habían sido vistos por ningún hombre mortal o inmortal. La luz solar brillaba sobre ellos, generando un lustre adamantino similar a las visiones del Valhalla que tanto había cultivado en mi imaginación cuando niño era.
Era yo solo, por las noches, al lado de esos témpanos inmensos que brillaban también, en una forma muy particular, a la luz de la luna llena y sus constelaciones boreales de héroes y dioses. Y el dulce sonido del casco de mi barco al avanzar y mover el agua, era el néctar que mis oídos aprendieron a servirse con el frío y la suavidad de un mundo impoluto.
Aparecieron además ante mí, animales que probablemente nadie haya visto antes, algunos grandes e intimidantes, otros más pequeños y con cierta gracia en su forma y comportamiento. Y ciertamente yo debía alimentarme luego de varios días sin comer, pero consideré que no importaba ya y por algún motivo, me parecieron más valiosos ellos antes que yo mismo, por lo que tiré mis lanzas a las profundidades del agua helada, de forma de asegurarme de mis actos presentes y futuros.
El viento, silbaba frías corrientes de sabiduría, donde a veces me parecía oír los murmullos de los dioses elementales que hablaban entre sí, ignorando mi presencia en este lejano lugar. También, comencé a ver aquellas visiones de mis días de niño, cuando todo era tan diferente y cálido, donde la premura del mundo era algo desconocido e inexistente. También pude ver el resto de mi vida, como si fuese algo instantáneo y veloz, pero allí no había nada digno de recordar, nada por lo cual vivir o morir.
Y creo que sin llegar a ser felicidad pura, sin llegar a ser esa radiante satisfacción de encontrar el destino de uno mismo, creo sin embargo que encontré algo similar a la paz en mi corazón. Algo que reconfortó en parte a mi intransigente alma, brindándome la posibilidad de aquietar mi dolor e impaciencia.
No encontré el tesoro de un galeón hundido, no logré ni nunca busqué escribir mis propias líneas en la historia de la humanidad. Siempre consideré que esas son solo cosas imaginarias, creadas por seres que nacen y mueren sin cesar como excusa para su existencia, para sobrellevarla y soportarla, que solo serían verdaderas sin fuésemos seres eternos e inmortales.
No encontré un algo que por sí solo me brindase la pura redención de mi desesperanza y tampoco encontré la verdad de nuestra existencia, solo creo que aquí, mientras estoy tendido desnudo en el frío hielo con mis últimos alientos, solo encontré algo que mi espíritu deseaba. Ese algo, que en parte, había salido a buscar en mi travesía: mi verdadera vida.
El caso de encontrar una paz
El caso de encontrar una paz inesperada en cosas o situaciones simples, a veces inesperadamente, muchas veces expresado como "encontrar mi lugar en el mundo", se repite bastante a menudo.
¿Cómo hacer para realmente conocer aquello que es lo que nos brindará esa paz que quizás uno no busca, pero que al encontrarla resulta tan satisfactoria?